| En la floresta del traspasado
Nadie nombra el torbellino pero tú lo oyes
más severo que una lluvia de trenes dirigiendo la vida hacia accidentes fijos,
ves cómo aúlla en el agua y vuela en el aire confinado de las casas de familia,
lo hueles hasta la locura cuando te impiden dudar si eres vampiro o viuda.
Sabes que trabajas contra un ventarrón milenario y creídamente natural
que intenta juntar todas las partes a favor de la trascendencia
y sostener el bote que llaman La Realidad.
Sientes a ese invento pesado y gris como una guillotina
sin autor sobre tu figura líquida anónima
astral
sin cabeza
ni centro o unidad (aunque con sombrero)
por lo que giras a lo veloz inmóvil
a un juego oculto
donde la Iglesia del Niño se desmorona ante tu sueño
plural de desalmado incoherente vacío de corazón
temperamento u opiniones al servicio del cliente,
ni siquiera de ti; eso sería el peor error.
Y así te vas, oscilante, enganchado entre las flores de la noche moderna…
Ahora sé que si viniera alguien a preguntarme qué dice el poema
no haría más que oírte clara y oscuramente:
¡¿El poema?! Dice que es el poema y que HABLA y re-
mueve.
Górica, o la clausura de un fantasma
Vino una lluvia de viajes,
paredes con escalofrío, círculos.
Él se hizo casi un árbol hablando
desde el fondo de un paisaje inerme.
Yo tuve que ayudarla a Ella a guardar un fantasma
en las alacenas, debajo del lavaplatos.
Entre las dos hicimos fuerza, empujamos al fantasma,
lo doblamos. Agachadas, vimos entre las rendijas de las puertas
su gordura blanca, grumosa. La tarea no merecía explicación.
Poseíamos un fantasma y había que archivarlo.
Cuando su mano huía, la metíamos de nuevo, y se nos deslizaba parte de su cadera,
por lo que teníamos que luchar contra su resistencia.
Por entonces, el casi árbol, sentado en la mesa,
era tallado por sus propios hijos como a un palito de madera.
Todavía había una luz que sostenía a las flores para que no se cayeran.
Ella decía que podía controlar al fantasma desde sus sueños;
yo tenía pesadillas: trataba de descifrar el lenguaje
en que me hablaba el fantasma: cómo movía su cara tan conocida, tan real.
(Supongo que a esto algunos llamarán «entrar en la experiencia»).
Borrando las imágenes que haces
dices que su escritorio
vuela desierto oscuro
y que no te animas a entrar en él
miras su interior : no te convences todavía
es un escritorio sin ella pero con los hilos
que tu soledad enjoyada dibuja necesitada de su sombra
hazla mejor clepsidra precipicio acuciante medusa
humo pasaje infinito de un dónde sin tierra
mejor haz de ella lo que fluye impiadosamente hazla mejor
di que tu mano es el tajo para la voz que tejes de la della
una que corre a un arriba dispersa y que nunca llega
grita mejor que nadie es casa o escritorio
pon su boca fuera del plato de la mesa
piérdela piérdela una dos tres mil veces
no pretendas atrapar a lo que más quieres
grita no hay ningún adonde más que el afuera:
el canto filudo de no estar en ningún ahí
más que a flor del agua
Seda
un nombre
andrajo en llamas
cómo rellenar
esa palabra vacía
si no es con relación a algo
o a alguien
también
con un nombre
aunque uno de seda
inenarrable indescriptible
quizás sacudir los nombres
sea desbaratar la Historia
como buscar una Ley
debajo de las tortugas
debajo de los titanes
debajo de las tortugas titanes
que nos contaron
sostenían el mundo
Coro de junio
Las paredes estrechando la nada no son enemigas
Los mosquitos zumbando razones insondables no son enemigos
La familia revoloteando nudos y sacrificios no es enemiga
Las cartas abriendo su boca de nieve no son enemigas
Las noches copulando con el aparatoso olvido no son enemigas
Los barrotes de soledad martillando
el cráneo floreciendo estrellas difíciles
que caen en la falda y que nunca oyes
no aniquilan son la clave de amor
de un canto arrodillado destinado a sangre a vida
(a la orilla donde se hunde la cabeza
en un ojo que llaman alegría)
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