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El poema que abre el libro de Jano Sanmar parte con un texto (entre paréntesis) titulado no-sino, que dice:

 

 

“ver el cáliz casi vacío
cambiar el marco
no doblegar la puerta
borrar del cielo
la caída del pájaro de su nido”

 

Esto lo podemos leer como una enunciación del poeta en que inaugura su libro diciéndonos la negación es mi sino -¿que la negación es su destino es lo que nos está confesando?-. O, tal vez, más prosaicamente, este texto lo podríamos actualizar, con nuestra lectura, prescindiendo engañosamente de la trascendencia, y remitiéndonos sólo a la conjunción coordinante adversativa sino. Que sólo estaría cumpliendo la función gramatical de negar el primer elemento y afirmar el segundo. Cosa no menor en un poema que lleva en sí la responsabilidad de señalar y determinar las márgenes a través de las cuales se desplazará la voz que marcará las estancias, en la letra escrita, del sujeto lírico de este libro.

 

No se trata acá de fijar las convenciones propias del género y teorizar sobre poesía, sino de dar cuenta de la historia de un libro y su autor, de su yo poético, que parte, ya desde su título, negándose pero, a la vez, negando esta negación. Pero no anulándola, sino afirmándola en el sentido terapéutico de que uno siempre debe recordar que es capaz de olvidar, Alfonso. Un verdadero juego de espejos significando la negación y el silencio, el cuerpo y su reflejo, asomándose a lo largo y ancho de todo el libro y arrastrando tras de sí tanto las interdicciones como los deseos reprimidos de renunciar a todo. Es a través de este juego de avances y retrocesos que vamos tomando noticia de la conciencia erosionada del sujeto del libro. Por eso que el hablante, según sus propias palabras y “retomando el rito de la tribu”, reniega de volver a nacer al negar matar a su madre. Reniega de volver a ser el que ha sido al negar cambiarse de nombre. Reniega de saldar sus cuentas con el mundo al negar saldar sus deudas cotidianas. En su periplo por la marginalidad deviene en Pollock, por momentos, exorcizando el paisaje con la sangre de una gallina degollada. Es Teseo, también, lejos de cualquier vellocino de oro, embarcado en la micro línea 20, en medio de “los humores que la falopa deja entrever”, entre escopetas hechizas y esta división de la muerte, de la cual ni siquiera un reconocido ícono occidental por su consecuencia sociopolítica se puede salvar. Por eso escribe: “de la veinte seguro chomski no sale ileso”.

 

Conciencia lúcida entre fantasmas y sumido en los pantanos de las barriadas, lejos de las búsquedas e hitos fundacionales de un Gilgamesh, con las nostalgias íntimas del Kalevala y la degradada proyección de su epicismo, en la conciencia fracturada de nuestras ciudades por el abismo existente entre los actos y las palabras. Por la no pertenencia a tribu alguna y la fragmentación de la identidad reducida a harapos. O sea, es el poeta que como el Loco de uno de los arcanos mayores, no sabiendo si permanecer al borde del acantilado, parece estar esperando la presencia de una mano bienhechora o, bien, el arrebato necesario para decidirse a saltar al vacío y morir para nacer en algo nuevo. De allí su escritura cuando escribe:

 

“no pertenecer me lleva a gritar en los acantilados
a caminar en puntillas
para no despertar los recuerdos...”

 

Luego, como una lluvia de balas en una mexicana, se vienen los aforismos como último recurso para convocar y escupir la coherencia y la permanencia de sus valores y afectos en el tiempo. Estas declaraciones son el último aliento, los pedazos que quedan del cuerpo y conciencia del sujeto de esta poesía. Como todos los aforismos, a la vez que son un juego de palabras, son sentencias breves que resumen, en este caso, el des-conocimiento, el des-concierto del poeta que no logra definir ni conjurar, como quisiera (a través de su poesía), los demonios y males que le aquejan. De allí que en uno de ellos podamos leer:

 

“por qué todas mis certezas terminan siendo preguntas”

 

Se cierra el libro con una sección denominada alturas y profundidad, enmarcada
dentro del verosímil de las crónicas o las cartas de los adelantados españoles que por primera vez miraban las montañas de los Andes y el desierto de Atacama. El paisaje que ellos contaron en sus relaciones de estas tierras oscilaban entre la transparencia de sus prejuicios y la opacidad de su asombro. Extrañamente en estos días, pero en otra forma, el poeta arrastra a estos espacios descontaminados todas las fracturas que probablemente se haya hecho al saltar al vacío y tomar la opción de una vida nueva. Una vez más prevalece la fugacidad inexorable de las cosas: una vez más no hay nada nuevo bajo el sol.

 

Yo, como su lector y amigo, sólo espero que un poeta como Alfonso Sánchez siga trastocando su vida en poesía y viceversa. Ella, como una de las expresiones más ricas y conmovedoras de la escritura de su generación, seguirá siendo para mí la señal de que respira y aún sigue en el camino. Y por eso estoy con su consecuencia estética e histórica cuando escribe:

“reinventarse es tan iluso como redimirse, sólo queda negarse”

 

Nicolas Miquea Cañas San Joaquín, verano del 2007.