Llegaron corriendo y compraron diez tiques para cada uno en la entrada del Coney Island. Marcel se volvió y sonrió a su hermana, pero ella seguía con el ceño fruncido y los ojos llorosos. Marcel se agachó para estar a su altura.
- Tenemos veinte entradas, – dijo. - ¿Sabes cuántas veces podemos montar?
La chica no respondió. El muchacho se limpió el sudor y se levantó.
- Vamos.
La música sonaba demasiado alto. El sol quemaba.
- Mira el Cosmonauta, – dijo él. - ¿No querías ver el Cosmonauta? - Se refería al aparato.
- Tengo sed. – Respondió la chica.
- Busquemos agua.
No había agua. Compraron refresco.
- ¿Vamos al Cosmonauta ahora?- preguntó Marcel.
La chica negó con la cabeza. Viró su vaso de refresco sobre la tierra.
- Quiero agua,- dijo.
- Pero no hay agua, el refresco te quita la sed. – Le respondió el hermano. Ella no dijo nada. Marcel compró otro refresco y se lo tendió a la niña.
- ¿Ahora te lo vas a tomar?
- Tengo sed.
- Tómatelo y tú vas a ver como se te quita la sed.
La chica se tomó el refresco de un solo trago.
- Todavía tengo sed. – Dijo y se le aguaron más los ojos.
- Vamos al Cosmonauta.
Había una larga cola de espera y la música se escuchaba aún más alto.
- ¿Quieres rositas?
- Quiero irme para la casa.
- ¿Un helado?
- No. Vámonos.
- El helado se ve bueno, es de chocolate.
- Tengo sed.
Estuvieron un rato en la cola. Marcel no sabía cómo consolar a su hermana.
- Cuando yo era niño no existía este parque de diversiones. – Comenzó a decir. - ¿No te gusta venir aquí?
La chica asintió suavemente, mirando al suelo.
- Esto estaba todo roto. Venía a bañarme a una playa que hay atrás.
- Tengo sed.
- Venía con mis amigos de la secundaria. Buceábamos con careta y snorkel y nos íbamos para lo hondo. Habían muchos peces.
- Hace calor.
- Ponte detrás de mi sombra. – La chica le hizo caso, suavemente.- Por debajo del agua todo es tan lindo. No se escucha nada.
- Quiero irme para la casa. – Dijo la chica. Marcel suspiró hondo.
- ¿Quieres ir a la playa conmigo?
- Quiero ir a la casa.
- Pero no podemos.
- Quiero ir a la casa.
Marcel se agachó y la tomó por los hombros.
- ¡No podemos, y tú lo sabes bien!
Ella lo miró con fuerza. Le corrían dos lágrimas debajo de los ojos.
- ¿A dónde quieres ir, qué quieres que haga? Siempre quisiste venir a este lugar.
- Vamos a la casa.
Marcel negó con la cabeza. Había un muñeco grande al lado de ellos. Era una de esas mascotas de plástico. El Capitán Plín y esos.
- Un muñeco… - dijo ella.
- ¿Quieres un muñeco? – preguntó Marcel.
- No. Ese muñeco.
- ¿Quieres ese muñeco?
- No. No. Ese muñeco se está moviendo.
Marcel miró al Capitán Plín. Sonreía de manera estúpida y para Marcel era el muñeco más horrible que jamás se hubiese construido. Tenía tres metros de altura, era un gato de color verde con una boina roja y una espada, y era de plástico.
- Patricia, es un muñeco de plástico, ¿cómo se va a mover?
La niña callaba.
- ¿Y si de pronto se mueve? – preguntó ella.
- No se va a mover nunca, – respondió el hermano.
- ¿Pero y si de pronto lo hace?
- Es de plástico, no está vivo.
- ¿Qué crees que pase si ese muñeco se mueve?
- Hace mucho calor.
- Tengo sed.
- Ya tomaste refresco.
- Quiero agua.
Marcel suspiró.
- No pasó nada, – dijo la niña.
- ¿Cómo?
- El muñeco de plástico se movió y no pasó nada.
- No.
Miraron al muñeco. Seguía inmóvil.
- Debe ser el calor, – dijo Marcel.
- ¿El calor hace que el muñeco se mueva?
- No sé. Pero hace calor.
- Tengo miedo.
- ¿Al muñeco?
- No sé. – la chica se encogió de hombros y corrió a abrazar a su hermano.
- Tranquila. No te va a hacer nada. ¿No es verdad, Capitán Plín?
El muñeco no respondió. Era una mascota horrible.
- Tengo miedo. – volvió a decir la chica, con la cabeza hundida en la camisa de su hermano. La música había parado por un momento.
- Vamos.- Dijo Marcel entonces.
Estuvieron un rato en la puerta del parque hasta que alguien le compró los veinte tiques. Entonces se fueron.
- ¿Quieres ir un momento a la playa? ¿Quieres ver donde yo me bañaba cuando estaba en la secundaria?
- Quiero ir a casa.
- ¡Te va a gustar! Vamos…
Patricia no respondió. Marcel apuró el paso hacia la playa.
- Ya verás qué linda es.
Era una playa común con dos o tres bañistas y algunos pescadores. En la orilla, un equipo de televisión estaba filmando algo con unas cámaras.
- Mira, Patricia. Es la televisión.
- ¿La televisión?
- Lo que ves en el televisor, primero lo hacen aquí.
- ¿Aquí en la playa?
- No. En cualquier parte. Pero ahora lo están haciendo aquí. ¿Ves esas cámaras?
- ¿Qué cosa?
- El equipo ese que tiene aquel señor. ¿Lo ves?
- Una cámara. – dijo la niña, asombrada.
- Con eso filman lo que se ve en la televisión.
Patricia no entendía muy bien.
- ¿Y si me pongo delante de eso salgo en la televisión?
Marcel rió.
- Así mismo. – Dijo.
- ¿En el televisor de la casa?
- Anjá.
- Entonces sí podré estar en la casa. Si me filman, podré estar en el televisor de la casa, y mami nos podrá ver.
Marcel se puso serio, pasó la mano por el pelo de la hermana y dijo en voz baja:
- Sí. A lo mejor.
Hicieron silencio mientras miraban a los de la televisión.
- Casi no se mueven, – dijo la niña.
- ¿Quiénes?
- La gente a la que filman.
- Tienen miedo de quedar mal. No puedes quedar mal ante tantas personas.
- ¿Los que ven la televisión?
- Anjá.
- Por eso el muñeco no quiere moverse. Hay tanta gente en el parque.
- No es por eso. Es un muñeco de plástico.
Los de la televisión siguieron en lo suyo. Marcel y su hermana los miraban desde lejos, sentados en la arena.
- ¿Todavía tienes sed?
- Ya se me quitó.
- ¿Quieres bañarte en la playa?
Patricia miró hacia la playa.
- ¿Aquí es donde hay peces?
- Anjá. Mira a los pescadores.
- ¿Y no muerden?
Marcel sonrió.
- No.
- ¿Y si los pisas sin querer?
- Siempre se están moviendo. Se mueven muy rápido.
- ¿No se quedan quietos nunca?
- Debajo del agua es muy difícil quedarse quieto. Incluso cuando duermen, los peces están moviéndose.
- ¿Y si los pisas sin querer?
- Ya te dije que es imposible.
- Sí, pero, ¿y si un día pisas a uno sin querer?
- Eso no puede ocurrir.
Los de la televisión comenzaron a recoger sus cosas. Ya se iban.
- ¿No quieres bañarte? – preguntó Marcel.
- No tengo ropa.
- Con eso mismo que tienes puesto.
- ¿Nadie me va a regañar?
Marcel viró la cabeza rápidamente, porque sintió que le picaban los ojos.
- Bueno, está bien. Un ratico nada más. Ahí en la orilla, – dijo Patricia.
- Vamos.
La chica se metió en el agua. Marcel la acompañaba desde la arena: no quería mojar su ropa, ni el dinero.
- ¡Aquí hay muchos pececitos!- decía la hermana. – Me hacen cosquillas.
Parecía feliz. Intentaba coger los peces o saltaba sobre ellos.
- ¡Nunca están quietos! – decía Patricia, riendo.
- Te lo dije.
Estuvieron un rato así hasta que comenzó a ponerse el sol. Entonces la chica gritó y se echó a llorar. Marcel se metió corriendo en el agua, cargó a su hermana y la sacó a la orilla. Estaba muy nervioso.
- ¿Qué pasó? ¿Qué pasó?
- Me di. – Y lloró más. Había sangre en un muslo de la niña.
- Ya pasó. Ya pasó, – decía Marcel y la besaba y le acariciaba el pelo.
- Tengo frío, – dijo, secándose las lágrimas.
- Ven.
El hermano la abrazó para secarla y darle calor.
- Y ahora qué hacemos, – preguntó ella en voz baja. - ¿Ahora vamos para la casa? ¿Podemos ir para la casa ya?
Pero Marcel no respondió. Continuaba abrazándola, cada vez más fuer |
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| Marcos Antonio Díaz Sosa (Santa Clara, 1988). Estudiante de Dramaturgia del Instituto Superior de Arte y graduado del taller de narrativa Onelio Jorge Cardoso. Ha cursado talleres de dramaturgia para televisión, dirección escénica y guión cinematográfico. Como realizador audiovisual obtuvo reconocimientos en la Muestra Nacional de Nuevos Realizadores en el 2006 por el documental Fractal, entre ellos el premio otorgado por la AHS y una beca que otorgó la Fundación Ludwig de Cuba. En el 2008 obtuvo el premio de la AHS en el concurso “Luis Rogelio Nogueras” en el género narrativa. En el 2009 ganó el premio de Crítica de la Revista Tablas para estudiantes. Ha obtenido también mención en el Premio Calendario de género cuento, y la primera mención del Premio David del año 2009. Algunos textos críticos y de ficción suyos pueden encontrarse publicados en la revista Tablas, Caimán Barbudo y Dédalo.
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