Dirè, no sin cierta congoja, que no tengo la costumbre de participar en la presentación de los libros que publica Siglo XXI Editores. Acaso me lo ha impedido un cierto pudor. Pues, ¿còmo ser juez y parte? El editor del libro es sòlo un vìnculo entre el autor y el lector, alguien que facilita el acceso de los lectores a la letra impresa. Debe de permanecer en la sombra. Si elogia el libro que publica, parece que hiciera una alabanza de su propia labor; si por casualidad lo llegara a criticar, ofrecerìa un espectáculo insólito: ¿por què, entonces, lo ha publicado? Tratarè, aquí, esta noche, por lo tanto, de salvar los dos obstáculos. Me obliga a ello la excelencia de este poema y creo que un poeta tiene el deber de saludar, con alegría, la publicación de un libro, en verdad grande, de poesía, como es el caso de Θαλασσα, el poema que hoy nos convoca.
¿Se puede añadir alguna palabra a las palabras, bellas y certeras, con las que el poeta Josè Emilio Pacheco celebra el canto de Antonio Leal al mar, al Mar Caribe, al Mar Mediteràneo, a los mares todos? Es probable que no, acaso sea necesario decir que no, que asì es la rosa, o sea que asì es el poema, y que no se le debe tocar. Sin embargo, no resisto la tentación de añadir unas cuantas palabras, quizá superfluas, no sòlo a las palabras de Josè Emilio sino a las palabras del poeta mismo, a las palabras, igualmente lujosas y bellas y certeras, con las que Antonio Leal celebra al mar y a las sirenas, a la belleza y a la muerte.
Θαλασσα, lo saben ustedes bien, es el grito, al mismo tiempo de sorpresa y de alegría, con el que saludaron los guerreros helenos la visión del Mar Mediterràneo. Volvìan de la frustrada expedición a Persia, guidados por el historiador Jenofonte, que hizo el relato de la aventura en Anàbasis, que igualmente conocemos con el nombre de La retirada de los Diez Mil. El grito señalaba el mar, el multiforme mar que, para aquellos soldados era el inicio de su salvación: en el mar están las islas y, con ellas, la patria, digo, la tierra helena, cercana ya, a la que se podía llegar por el mar.
Θαλασσα es el mar, pues, el mar en tanto que tal, el mar, en su màs pura y llana expresión. Sin duda, la voz se diferencia de Ποντο, que indica la ruta a seguir; de πελαΥαιοσ (que en español diò piélago), o sea, la alta mar, ya no digamos de
Οκεανοσ el dios que ciñe la Tierra. Θαλασσα es el mar por el que navegan los marineros, un misterioso conjunto de agua, impotable y mortal. El mar representa, a un tiempo, lo dirè asì, la libertad y la tumba. En ese mar habitan, escondidas en algún sitio, entre otros seres mìticos, las sirenas. Hermosas por sì mismas, mujeres de belleza extraña y deslumbrante: mitad peces, mitad mujeres, a medio camino entre naturaleza y sociedad, las sirenas son capaces de crear belleza; son bellas pero además producen la belleza, una belleza que nace de su voz, de su palabra, de su canto. Esa belleza, tal vez quiere decirnos Homero, atrae y atrapa: al mismo tiempo que nos conduce al éxtasis, nos lleva hacia la muerte: produce gozo, sì, un gozo que asfixia y que ahoga. La belleza de las sirenas; la hermosura de su canto, atrae, deslumbra, seduce, crea una fascinación que nadie puede resistir y su belleza, tal vez en grado excesivo, es también asesina.
Sirena es tèrmino que viene del griego σειρην, - ηνοσ que, a su vez, guarda relación con el sustantivo σειρα, -ασ, que significa trenza, cuerda y que tiene un vìnculo con la acción de trenzar o enredar. Es posible, pues, que la voz sirena tenga parentesco directo con el acto de trenzar o enredar: asì, las sirenas tejen sus redes o lanzan sus trenzas hacia los marineros, que se enredan en ellas y se ahogan.
Esa imagen, un tanto torpe y material, la ha transformado Homero en un mito profundo: la belleza es terrible y muy pocos seres humanos pueden soportarla. Lo propio acontece con el àngel, que porta en su mano los mensajes y del que dice Rilke que es terrible.
Esto es, pues lo que canta el poeta Antonio Leal: la belleza del mar, la belleza de las sirenas: el peligro que el mar y las sirenas representan, por sì y en ellas mismas. Cada canto de este canto bellísimo se abre con el epígrafe de un poeta. Cada epígrafe es una variante sobre el mito de las sirenas. Acaso quiera decir que las sirenas, seres mitológicos que debieran estar enterrados en el enorme panteón en el que reposan las especies que se extinguieron en el transcurso de la evolución; seres que pertenecen a una zoología extinta, siguen sin embargo vivos en la imaginación y la poesía.
Me asombra la gran cantidad de poetas que, en diferentes tiempos, se han referido a las sirenas; còmo, pues, las sirenas han despertado, de alguna manera, la
Imaginación. De Homero, Virgilio, Ovidio, Apolonio de Rodas, entre los clásicos griegos y latinos; de Isaìas, el profeta biblìco, a Cristòbal Colòn, Dante, Camoens, Calderòn y Goethe, entre el proterrenacimiento y el Siglo de las Luces, a Baudelaire, Huidobro, Paz, Alberti, Apollinaire, Nerval, Carneiro o Eliot, entre los modernos, Antonio Leal nos muestra la vigencia del mito. Quizàs por lo que antes he dicho. Porque las sirenas no son sòlo mentira, no son sòlo unas entidades mitológicas que no existieron jamàs, sino que, como en todo mito, èste, el de las sirenas, encierra una verdad que es necesario descifrar. Esa verdad la pueden descifrar, por un lado, los hermeneutas; por el otro, los poetas.
Tal vez me equivoco. Los poetas no tienen porquè descifrar el mito. Les basta con cantarlo, con celebrarlo, con mantenerlo vivo. Es lo que hace en este bello y extenso poema Antonio Leal, con versos de arte mayor, con una exaltación, un lujo y una lujuria verbal, si me es lìcito decirlo asì, que no podemos menos que admirar todos cuantos leamos, con limpios ojos, su poema; todos los que seamos capaces de oìr, con oído y mentes serenos, sus versos, amplios y bellos.
Este poema de Antonio Leal es una muestra, otra màs, del vigor con el que cuenta la poesìa mexicana de hoy. Apartado de la capital, con los ojos abiertos hacia el Mar Caribe, hacia el mar que es una fiesta de colores, Antonio Leal nos entrega uno de los poemas supremos de nuestras letras. Lo celebro y lo canto, con inmensa alegría.
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Poeta, periodista y ensayista mexicano nacido en Los Mochis, Sinaloa en 1939.
Licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, también realizó allí estudios de postgrado
y ejerció como profesor. Formó parte del grupo literario La Espiga Amotinada, fue director de la revista Plural
y presidente del Instituto Mexicano-Cubano de Relaciones Culturales. Actualmente es Miembro de Número de la
Asociación Filosófica de México, Miembro de Número de la Academia Mexicana de la Lengua y director de Siglo XXI
Editores.
Ha publicado, entre otros libros, "El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana", "La palabra enemiga", "Elogios de la luz y la sombra", "Humboldt, ciudadano universal", y "Cuerpo, territorio, mito".
Parte de su obra poética está contenida en "El descenso" 1960, "La feroz alegría" 1965, "A la intemperie" 1970, "Obsesiones con un tema obligado" 1975, "Las cuatro estaciones" 1981, y "Dominio de la tarde" 1991, integradas
en el volumen "Animal de silencios".
Ha sido galardonado con importantes premios, entre los que se destacan, Premio Tuxtla Gutiérrez 1980,
Premio Internacional de Poesía Ciudad de la Paz 1981, Premio José Fuentes Mares 1987, Premio Nacional de Periodismo
en 1992, y Premio López Velarde 2007.
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