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Qué decidir hablar, qué elegir decir en este rito de agradecimiento por los premios que hoy recibimos con mucha humildad, pero también con mucha alegría. Aprovecho para saber qué decir la interpretación de lo que está sucediendo en esta misma ceremonia. Ella tiene, entre sus múltiples significados, un valor profundamente simbólico: junta, congrega, reúne a cuatro académicos que la división occidental de los saberes separa en los dos “reinos heterogéneos” de las artes y de las ciencias, de la técnica y las humanidades, recíprocamente sospechosas de enmascaramiento, ideología o locura metafísica (dominio del mundo) Recordemos, por ejemplo, el provocador título del libro de Jürgen Habermas: Ciencia y técnica como ideología (Madrid, Tecnos, 1986). No emplearé mi tiempo, sin embargo, en profundizar el mito de diferencia radical de dichos reinos heterogéneos, recordando, por ejemplo, que la voluntad de saber de la ciencia disimula su voluntad de dominio, que la poesía es el antídoto de la técnica en el tiempo de la hegemonía de la “retórica de la verdad científica”, o que las artes liberan la subjetividad reprimida por el mito de la objetividad científica. Mi deseo es simétricamente inverso. Es mostrar que la separación secular de los “dos reinos” impide el diálogo creador de lo nuevo entre formas de saber igualmente imprescindibles en la gran aventura espiritual de imaginar y construir la polis ideal, de fabular y hacer el país que falta.
Pasaje, salto, devenir: liberación de los flujos que atraviesan las fronteras de las artes y las ciencias. Encuentro de doble captura que hace posible, por ejemplo, el bello devenir- poeta del físico Stephen Hawking (“El universo es una cáscara de nuez”, “Dios sí juega a los dados, y se las arregla para tirar los dados en el rincón oscuro en que más nos cuesta hallarlos” ) y el bello devenir-físico del poeta Jorge Luis Borges, imantado por la añoranza de “caminos cuánticos” paralelos al nuestro: “Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan”. ¿Y quiénes, humanistas o científicos (¡que dualismo más falaz!), inventan estas poéticas definiciones?: “la vida es la forma que tiene el universo de conocerse a sí mismo”. “Somos polvo de estrellas” .
El relato “Sociología y ciencia: una historia de amor y servidumbre”, incluido en el libro Literature and Science, editado por Cambridge University Press, Cambridge, 1989, pp,23-25), descubre lo que aún impide una utopía nupcial: los cuentos de EL (la ciencia, la técnica) y Ella (el arte, las humanidades): “soy objetivo, soy neutral” / “soy libre”, “soy pura”:
“Ella nunca antes había visto alguien como él. En el brillo dorado de la Ilustración, su misma existencia relucía como un dios. En verdad, se rumoreaba que había desterrado a Dios a una habitación trasera del universo e iba a usar las leyes de Newton para dirigirlo todo él mismo. Era el amo que ella había estado anhelando. Ella sabía, desde el primer momento, que su propósito era ser su esclava y que, ¡oh!, su vida estaba destinada a entrelazarse íntimamente con la de él.
Ella sabía, desde luego, que era indigna de él. Nunca sería capaz de adquirir su calidad mental, su economía y su precisión de lenguaje, o su indomable voluntad de conquista. Esa no era su naturaleza. Ella se interesaba por la gente, no por las cosas. Su tarea, en último extremo, era cuidar de sus necesidades y ayudarles a superar sus dificultades. Pero creyó, en su juvenil inocencia, que ella podría imitarlo lo bastante bien como para llegar a ser ayudante; una compañera en su lucha por mejorar la suerte del hombre a través de la persecución del conocimiento. (…) Transcurrieron las décadas y éstas se convirtieron en siglos. (La) unión entre ellos no parecía estar próxima. Ella estaba segura de que su espíritu armonizaba con el de él. Pero parecía que él no compartía sus sentimientos. En ocasiones, albergaba la sospecha de que decía crueldades sobre ella cuando se reunía con sus amigos. Lo más revelador, y más hiriente, de todo, fue que él rechazó a propósito permitirla asistir al festival anual de las ceremonias del Premio Nobel cuando se elogiaba y premiaba todo lo que era grande y bueno.
Lentamente, de forma imperceptible al principio pero con creciente ímpetu después, empezó a tener dudas sobre el hombre que ella tanto había amado y admirado. ¿cómo podía ser tan cruel y tan inasequible a su devoción? Empezó a hablar con aquéllos que le conocían bien. Le hablaron de él con respeto y admiración. Pero sentía que ser alabado sin reservas por industriales, empresarios, políticos y militares era, en sí mismo, una especie de condena implícita (…). Se dio cuenta (lentamente) de que él asumía, ante todo, que el conocimiento era lo mismo que el control; y (que) sus compañeros parecían asumir, sobre todo, que el conocimiento (…) da el derecho a controlar; es decir, dominar, explorar y subyugar, en beneficio de tus propios fines. Era hora ––decidió–– de ir y hablar con el hombre mismo.
En su primera visita, él fue bastante encantador (…) Ella tomó nota del espíritu general de sus respuestas. «No es mi culpa si las cosas van mal “ahí fuera”. Pronto todo tendrá respuestas básicas. La energía barata e inextinguible está a la vuelta de la esquina. Se resolverá de modo inmediato el problema del sobre-calentamiento global. La capa de ozono se cerrará con micro-organismos auto-reproductores diseñados para reflejar los rayos dañinos. Se adiestrarán mamíferos acuáticos y se usarán para limpiar los océanos. Se necesita más dinero para investigar. Sólo un poco más de tiempo para alcanzar la unidad perfecta del conocimiento. Está ya casi lograda. Una vez que lo logremos, controlaremos todo el sistema. Mejor vida para todos —en tanto en cuanto ellos hagan lo que han dicho». Ella, continuó diciendo él, era la única que trataba con la gente. Dependía de ella desarrollar su propia «unidad perfecta de conocimiento» que pudiera usarse para controlar el mundo social del mismo modo que él pronto tendría maestría total sobre los dominios físicos y biológico. «Cuando lo hayas logrado —dijo—te recibiré en mis aposentos y nos uniremos, al fin, para crear un mundo perfecto y ordenado para la humanidad».
Al (escuchar) esto, ella se dio media vuelta, horrorizaba, y huyó rápidamente (del mundo de él) (…) El era, lo sabía ahora, (…) incapaz de entender que pudiera no haber una unidad perfecta en el ámbito de las cuestiones humanas, porque el mundo social no era unitario, sino múltiple. Vio, por primera vez, que su concepción fragmentaria y desordenada de la vida social y su interés por sus particularidades concretas y siempre cambiantes, no eran signos de su fracaso, como ella siempre había creído, sino evidencia de su (victoria).
De repente, se sintió libre, como si se hubiera disipado una carga de su mente. El (precio) de aprender la verdad había sido grande. Pero, al fin, su sometimiento había acabado. Su juventud se había sacrificado a una ilusión. Ahora, ella era una mujer de mediana edad a la deriva en una cultura enferma, si no agonizante. Aunque, por primera vez, era capaz de pensar por sí misma y empezar a crear su propio lenguaje; un lenguaje que ya no sería de dominación y control, sino de imaginación y libertad.”
El artículo “Ciencia: pro y contra” de Delgado, Wagensberg y García, publicado en 1995 en la revista española Archipiélago, es sorprendentemente provocador en la urgente reflexión sobre las relaciones entre las ciencias y las artes en nuestro país. La ciencia, dice Delgado, pareció ser, en un principio, una gran fuente de desencantamiento, pero hoy sabemos que es justamente la última posibilidad que realmente le queda al ser humano de reencontrarse con dominios que un día creyó perdidos por la hegemonía ostentosa de la ciencia: la poesía y el mito. Lo que la ciencia hoy puede explicar, decir, describir es tan superior a nuestra imaginación, que para cubrir esa misma distancia, aunque sea en dirección contraria, tiene que recurrir otra vez al mito y a la poesía. La noción de caos, el electrón y sus misterios, las combinaciones químicas, las paradojas de los sistemas complejos y la mecánica cuántica son, en efecto, nociones únicamente explicables en formas poéticas. Las metáforas del Big Bang, el Gran Atractor, la Nueva Alianza, el Gran Muro o La Tercera Ola, por su parte, son imágenes empleadas por la ciencia cuyas resonancias no pueden ser más que poéticas y mitológicas. Parece paradójico, pero la ciencia, que algún día pareció ser la responsable del desencantamiento del hombre, parece ser hoy la única forma de saber que hoy puede religarlo con la poesía y el mito, el único camino que nos queda para reencontrarnos con el mundo a través de la imaginación, la poesía y la maravilla (Archipiélago, N° 20, 1995, pp. 77-78).
La ceremonia que hoy congrega a representantes de las llamadas “dos culturas” tiene, pues, una significación de gran simbolismo: reúne lo artificialmente separado. Permite la ilusión de la semejanza, velada por el mito de la diferencia, de la única finalidad que legitima su diálogo creador: la metamorfosis de la polis real en la polis ideal, donde el arte y la ciencia son dos formas igualmente imprescindibles de interrogación, conocimiento, creación y goce del mundo. Toda ciudad, dice Sebastián Salazar Bondy en Lima la horrible es una utopía: lugar que todavía no existe, lugar que aún no existe, pero que impone su realización.
La literatura, que Bloch llama con razón laboratorio de lo (im) posible, me permite explorar una vez más la única pregunta que intento inútilmente responder durante ya cuatro décadas de estudio: ¿Quién es el otro que negamos en la historia, la memoria y el discurso? ¿Dónde está? ¿Quién lo inventa como negatividad? ¿Qué dice su rostro vulnerable?... Ya lo sé, mi pasión es obsesiva, María Nieves, vida mía, pero celebro con ello el nombre de uno de los premios que hoy agradezco: Premio “Baldomero Lillo”, en Artes Literarias. Baldomero Lillo, autor de Sub Terra y Sub Sole, es hermano de Samuel Lillo, autor de Espejo del pasado y Canciones de Arauco. La importancia de estos escritores en la historia chilena de las fabulaciones literarias del país que falta es fundamental, especialmente para la Región del Bío-Bío, lugar de origen de ambos (Reeditemos sus obras en un Proyecto Regional del Bicentenario). Me limito esta vez a mostrar las bodas realmente creadoras de las ciencias y las artes pre-figuradas en Espejo del pasado. El visionario relato de Samuel Lillo es el siguiente:
¿Cuántas veces, vagando en las (orillas del Bío-Bío), he soñado que ellas se cambiaban en recios murallones de graníticos sillares que encerraban tus corrientes en una ancha y honda ría, que encerraba tu corriente en una ancha y honda ría, llena de barcos y vapores que llegan de todas las regiones de la tierra! ///// Tus muelles y tus malecones repletos de mercaderías semejaban zumbadoras colmenas de marinos y de obreros; anchas y frondosas avenidas adornadas de palacios afluían a tus márgenes; y tus vegas pantanosas desecadas y cubiertas de usinas y de fábricas, erguían los altos mástiles de sus chimeneas coronadas de humeantes gallardetes que los vientos agitaban //// Y veía en mi ensueño que en cada una de tus dos orillas, frente a frente, sobre un macizo pedestal de piedra, se alzaba un artístico monumento de bronce y hierro /// El de la ribera norte ostentaba en su base, afirmados en la cruz de sus espadas, a don Pedro de Valdivia y don Francisco de Villagra, fundadores y defensores de la vieja Concepción, y en la cima la figura del poeta que, en las épicas estrofas de su poema inmortal, cantó el valor de los hispanos y el patriotismo de los aucas. //// Y el otro, en la margen de tu gran puerto, sustentaba las figuras de aquella excelsa trinidad indiana que Chile admira y respeta: Lautaro, el genio militar; Caupolicán, la fuerza y la osadía, y Colocolo, la prudencia y la astucia del espíritu de una raza (Espejo del pasado, “El Bío-Bío”, Santiago De Chile, Editorial Nascimento, 1947, pp. 69-70).
Es posible decir que Lillo imagina lo otro que nunca tendrá lugar, que su relato es una forma de la “locura metafísica ( “dominio humano” de la naturaleza), que la visión de la metamorfosis del Bío-Bío en “ancha y honda ría, llena de barcos y vapores que llegan de todas las regiones de la tierra”, es simplemente delirante, y que el sueño de inscribir en la materialidad misma de la ciudad la memoria de los héroes araucanos y españoles fundantes del mito del origen de la nación es un legado que es necesario olvidar. La conclusión del relato es en este aspecto altamente sugestiva: “Este ensueño que acaricié hace más de medio siglo aún no se ha cumplido materialmente, pero yo lo llevo realizado en lo íntimo de mi corazón, y sé que alienta, como unánime esperanza, en los pechos de los hijos de la heroica Concepción”. La ciudad utópica de Lillo es un recuerdo del pasado, pero también un recuerdo del porvenir. Memoria de un delirio, sin duda, pero el “objetivo último” del arte, acaso también el de la ciencia, ¿no es, precisamente, “poner de manifiesto en el delirio la creación de una salud, la invención de un pueblo, la exploración de una posibilidad de vida” (Deleuze). La ciudad utópica de Lillo, regida por el reconocimiento literal y simbólico de la humanidad del otro, no es una quimera irrealizable. Es lo que “no tiene lugar”, pero sólo todavía. Imagen de lo imposible que espera con “ardiente (im)paciencia” las nupcias del arte con la ciencia, único agenciamiento capaz de cerrar, tal vez, la fisura ostentosa entre lo real y lo ideal en nuestro país.
Somos, pues, los herederos de una herencia que resiste la reducción y el olvido del otro en el análisis, la memoria y la historia. Samuel Lillo se reúne así secretamente con Ercilla, Pineda y Bascuñán, Baldomero Lillo, Neruda y Mistral para recordar(nos) el legado que debe “mantener(se) con vida” para que el porvenir sea posible. Eso que transfigura la memoria del pasado en memoria del futuro es lo que nos dicen los espectros de Canto general de Neruda y Se ha despertado el ave de mi corazón de Lienlaf: “No renunciéis / al día que os entregan/ los muertos que lucharon”… “Tu espíritu Lautaro / anda de pie / sobre esta tierra”. Recordar el legado de los muertos: deber político, ético y estético a la vez ahí donde sólo avanzando hacia atrás se puede llegar al futuro (Roa Bastos), donde las huellas del porvenir están en el pasado (Piglia). La Araucana de Ercilla, inventor de Chile, tiene en este aspecto una importancia fundamental. Nombra por primera vez en Chile la herencia que debemos “mantener viva”: “La mucha sangre derramada ha sido / (si mi juicio y parecer no yerra) / la que de todo en todo ha destruido / el esperado fruto de esta tierra” (La Araucana, Canto XXXII, Octava III). El esperado fruto de esta tierra. Espejo del pasado, como Cautiverio feliz, Sub Terra, Canto General y Poema de Chile, descifran el mayor enigma de la epopeya de la nación con muertos sin sepultura. El “esperado fruto de esta tierra” es la justicia. Justicia ahí donde ella aún no está. Exigencia cifrada en la voz estremecida de Tegualda, que es Antífona, que es Sola Sierra: “Ruégote, pues, señor (que) me dejes dar a un muerto sepultura, / que yace entre esta muerta compañía; / mira que aquel que niega lo que es justo, / lo malo aprueba ya y se hace injusto / No quieras impedir obra tan pía” (Canto XX). Deber de la ciudad real sin la cual nunca habrá ciudad ideal. Luz de luciérnaga del legado utópico que las artes y las ciencias, más allá de sus diferencias, pero sobre todo de sus cuentos (“soy objetivo”, “ soy pura”), sueñan en Chile su donación recíproca: el descubrimiento más bello de todos: nadie puede salvarse sin los otros (Levitas). El otro - emigrante, mapuche, aymara, alacalufe, negro, loco, niño, judío, palestino, homosexual, pascuense, desahuciado- es el que nos permite no repetirnos hasta el infinito (Baudrillard). El otro en tanto que otro se manifiesta en el “no matarás” inscrito en su rostro” (Levitas). El otro es el huésped. No igual en derecho y diferente, sino extranjero, extraneus. Y debe ser exorcizado en su extrañeza. Pero a partir del momento en que es iniciado según las reglas, su vida se vuelve más preciosa que la mía. En este universo simbólico nada está en posición de alteridad diferente. Ni los animales, ni los dioses, ni los muertos son otros. Los absorbe el mismo ciclo. TODOS SOMOS POLVO DE ESTRELLAS. Fuera de ahí, ni siquiera existimos” (Baudrillard).
Un relato de Borges me permite crear la ilusión de término ahí donde no sé concluir sin intercesor. Ahí donde este final es sólo el balbuceo menesteroso de un comienzo:
“El hilo que la mano de Ariadna dejó en la mano de Teseo (en la otra estaba la espada) para que éste se ahondara en el laberinto y descubriera el centro, el hombre con cabeza de toro, y pudiera, ya ejecutada la proeza, destejer las redes de piedra y volver a ella, a su amor.
Las cosas ocurrieron así. Teseo no podía saber que del otro lado, del laberinto estaba el otro laberinto, el del tiempo, y que en algún lugar prefijado estaba Medea.
El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en una cadencia, en el sueño, en un poema, en una fórmula matemática, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad.
Descubro, por fin, el nombre de la pasión que legitima el himeneo de ELLAS (las artes, las humanidades) con ELLOS (las ciencias, la técnica), Ese nombre, revelado significativamente por un poeta que deviene físico, es “el hermoso deber de imaginar que hay un laberinto y un hilo”. El hilo está perdido, dice Borges, pero existe. Es el hilo de la ética: Ariadna, pero no al servicio de la muerte (Teseo), sino de la vida ( Minotauro). Vida que “ sólo allí donde el otro puede llegar tiene ‘por venir’ o un porvenir” (Derrida).
Y colorín colorado, este cuento, por fin, ha terminado.
Dr.Gilberto Triviños, Universidad de Concepción
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Gilberto Triviños Araneda |
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Director Litterae Internacional
(Concepción, Chile), Director de Litterae Internacional. Doctor en Literatura (EEUU). Premio Municipal de Literatura (1996). Premio "Baldomero Lillo" en Artes Literarias de la Región del Bío Bío, Ministerio de Educación, Chile, 2006. Premio "Mejores Obras Literarias, Mención Ensayo, del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (1995). Director del Magíster en Literaturas Hispánicas y Director del Doctorado en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Concepción. Autor de libros y artículos sobre literatura española, latinoamericana y chilena.
Gran Maestro de CASA LITTERAE.
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