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A-02

Gilberto Triviños Araneda:El  hilo  se ha perdido; el laberinto se ha perdido también” (Sobre  el cuento  de la  ciencia  y el cuento del arte) discurso en recepción de premio municipal de literatura Baldomero Lillo

 

Qué  decidir hablar, qué elegir  decir  en este rito de  agradecimiento  por los premios que  hoy recibimos  con mucha humildad, pero también con mucha alegría.  Aprovecho para saber  qué decir  la interpretación de lo  que está sucediendo  en esta misma ceremonia.  Ella tiene, entre  sus múltiples significados, un  valor profundamente simbólico: junta,  congrega, reúne a cuatro académicos  que  la división  occidental  de los saberes   separa  en los dos “reinos heterogéneos” de las artes y de las ciencias, de la técnica y las humanidades, recíprocamente sospechosas  de enmascaramiento, ideología  o locura  metafísica (dominio del mundo)  Recordemos, por ejemplo, el  provocador  título del  libro de Jürgen  Habermas: Ciencia y técnica como ideología  (Madrid, Tecnos, 1986).  No emplearé   mi tiempo, sin embargo, en profundizar  el  mito de diferencia radical de dichos reinos heterogéneos, recordando, por ejemplo, que la voluntad de saber  de la ciencia disimula  su voluntad de dominio, que  la poesía   es el antídoto de la  técnica en el tiempo  de la hegemonía  de la “retórica de la verdad científica”, o que  las artes  liberan  la subjetividad  reprimida por el mito  de la objetividad  científica.   Mi deseo  es  simétricamente inverso.  Es mostrar  que la  separación secular  de los “dos reinos”  impide el diálogo creador de lo nuevo entre formas de saber igualmente  imprescindibles  en la  gran aventura espiritual de  imaginar y construir  la polis ideal,  de fabular  y  hacer el país que falta.


Pasaje, salto, devenir: liberación de los flujos que atraviesan las fronteras de las artes y las ciencias.   Encuentro  de  doble captura  que hace posible, por ejemplo,  el bello  devenir- poeta del físico  Stephen  Hawking (“El  universo  es una cáscara  de  nuez”, “Dios sí juega a los dados, y se las arregla  para tirar los dados en el rincón oscuro  en que más nos cuesta  hallarlos” ) y el  bello devenir-físico  del poeta Jorge Luis  Borges,  imantado por la  añoranza  de  “caminos  cuánticos”  paralelos al nuestro:  “Dejo a los varios  porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan”.  ¿Y  quiénes,  humanistas o científicos (¡que dualismo más falaz!), inventan estas  poéticas definiciones?: “la vida es la forma que tiene el  universo de conocerse  a  sí mismo”.  “Somos polvo de estrellas” . 


 El relato  “Sociología y ciencia: una historia de amor y servidumbre”, incluido en el libro  Literature and Science, editado por Cambridge University Press,  Cambridge, 1989, pp,23-25), descubre lo que aún impide una utopía nupcial: los  cuentos  de EL (la ciencia, la técnica)  y  Ella (el arte, las humanidades):  “soy  objetivo, soy neutral” / “soy libre”, “soy pura”:


“Ella nunca antes había visto alguien como él.  En el brillo dorado de la Ilustración, su misma existencia relucía como un dios.  En verdad, se rumoreaba que había desterrado a Dios a una habitación trasera del universo e iba a usar las leyes de Newton para dirigirlo todo él mismo.  Era el amo que ella había estado anhelando.  Ella sabía, desde el primer momento, que su propósito era ser su esclava y que, ¡oh!, su vida estaba destinada a entrelazarse íntimamente con la de él.


Ella sabía, desde luego, que era indigna de él.  Nunca sería capaz de adquirir su calidad mental, su economía y su precisión de lenguaje, o su indomable voluntad de conquista.  Esa no era su naturaleza.  Ella se interesaba por la gente, no por las cosas.  Su tarea, en último extremo, era cuidar de sus necesidades y ayudarles a superar sus dificultades.  Pero creyó, en su juvenil inocencia, que ella podría imitarlo lo bastante bien como para llegar a ser ayudante; una compañera en su lucha por mejorar la suerte del hombre a través de la persecución del conocimiento.   (…) Transcurrieron las décadas y éstas se convirtieron en siglos.  (La) unión entre ellos no parecía estar próxima.  Ella estaba segura de que su espíritu  armonizaba con el de él.  Pero parecía que él no compartía sus sentimientos.  En ocasiones, albergaba la sospecha de que decía crueldades sobre ella cuando se reunía con sus amigos.  Lo más revelador, y más hiriente, de todo, fue que él rechazó a propósito permitirla asistir al festival anual de las ceremonias del Premio Nobel  cuando se elogiaba y premiaba todo lo que era grande y bueno.


Lentamente, de forma imperceptible al principio pero con creciente ímpetu después, empezó a tener dudas sobre el hombre que ella tanto había amado y admirado.  ¿cómo podía ser tan cruel y tan inasequible a su devoción?   Empezó a hablar con aquéllos que le conocían bien.  Le hablaron de él con respeto y admiración.  Pero sentía que ser alabado sin reservas por industriales, empresarios, políticos y militares era, en sí  mismo, una especie de condena implícita  (…).  Se dio cuenta (lentamente) de que él asumía, ante todo, que el conocimiento era lo mismo que el control; y (que) sus compañeros parecían asumir, sobre todo, que el conocimiento (…) da el derecho a controlar;  es decir, dominar, explorar y subyugar, en beneficio de tus propios fines.  Era hora ––decidió–– de ir y hablar con el hombre mismo.


En su primera visita, él fue bastante encantador  (…) Ella tomó nota del espíritu general de sus respuestas.  «No es mi culpa si las cosas van mal   “ahí fuera”.  Pronto todo tendrá respuestas básicas.  La energía barata e inextinguible está a la vuelta de la esquina.  Se resolverá de modo inmediato el problema del sobre-calentamiento global.  La capa de ozono se cerrará con micro-organismos auto-reproductores diseñados para reflejar los rayos dañinos.  Se adiestrarán mamíferos acuáticos y se usarán para limpiar los océanos.  Se necesita más dinero para investigar.  Sólo un poco más de tiempo para alcanzar la unidad perfecta del conocimiento.  Está ya casi lograda.  Una vez que lo logremos, controlaremos todo el sistema.  Mejor vida para todos —en tanto en cuanto ellos hagan lo que han dicho».  Ella, continuó diciendo él, era la única que trataba con la gente.  Dependía de ella desarrollar su propia «unidad perfecta de conocimiento» que pudiera usarse para controlar el mundo social del mismo modo que él pronto tendría maestría total sobre los dominios físicos y biológico.  «Cuando lo hayas logrado —dijo—te recibiré en mis aposentos y nos uniremos, al fin, para crear un mundo perfecto y ordenado para la humanidad».


Al (escuchar) esto, ella se dio media vuelta, horrorizaba, y huyó rápidamente (del mundo de él)   (…)  El era, lo sabía ahora, (…) incapaz  de entender que pudiera no haber una unidad perfecta en el ámbito de las cuestiones humanas, porque  el mundo social no era unitario, sino múltiple. Vio, por primera vez, que su concepción fragmentaria y desordenada de la vida social y su interés por sus particularidades concretas y siempre cambiantes, no eran signos de su fracaso, como ella siempre había creído, sino evidencia de su (victoria).


De repente, se sintió libre, como si se hubiera disipado una carga de su mente.  El (precio) de aprender la verdad había sido grande.  Pero, al fin, su sometimiento había acabado.  Su juventud se había sacrificado a una ilusión.  Ahora, ella era una mujer de mediana edad a la deriva en una cultura enferma, si no agonizante.  Aunque, por primera vez, era capaz de pensar por sí misma y empezar a crear su propio lenguaje; un lenguaje que ya no sería de dominación y control, sino de imaginación y libertad.”

El artículo “Ciencia: pro y contra” de Delgado, Wagensberg y García, publicado en 1995  en la  revista española   Archipiélago,  es sorprendentemente  provocador  en la urgente reflexión sobre las relaciones entre las ciencias y las  artes en nuestro país.  La ciencia, dice Delgado,  pareció ser, en un principio,  una gran fuente  de desencantamiento, pero  hoy sabemos  que es justamente la última posibilidad  que realmente le queda al ser humano de reencontrarse con dominios  que un día creyó  perdidos  por la hegemonía ostentosa de la  ciencia: la poesía  y el mito. Lo que la ciencia  hoy puede explicar, decir, describir  es tan superior  a nuestra imaginación, que para cubrir esa misma distancia, aunque sea en dirección contraria, tiene que recurrir  otra vez  al mito  y a la poesía. La noción de caos, el electrón y sus misterios, las combinaciones químicas, las paradojas de los sistemas complejos y  la mecánica cuántica  son, en efecto,  nociones únicamente explicables en formas poéticas. Las metáforas del Big Bang, el Gran Atractor, la Nueva Alianza, el Gran Muro   o La Tercera Ola, por su parte,  son imágenes empleadas por la ciencia  cuyas resonancias no pueden ser más que poéticas y mitológicas.  Parece paradójico, pero la ciencia, que algún día pareció ser la  responsable  del desencantamiento  del hombre, parece  ser hoy la  única  forma de saber que hoy puede religarlo  con la poesía y el mito, el  único camino que nos queda  para reencontrarnos con el mundo a través de la imaginación, la poesía  y la maravilla (Archipiélago, N° 20, 1995, pp. 77-78).


            La ceremonia  que  hoy congrega  a representantes de las llamadas  “dos culturas” tiene, pues, una  significación de gran simbolismo: reúne lo artificialmente separado.  Permite la ilusión de la semejanza,  velada por el mito de la diferencia, de la  única finalidad que legitima su  diálogo creador: la metamorfosis de la polis real  en la  polis  ideal, donde el arte y la ciencia  son dos formas igualmente  imprescindibles de interrogación, conocimiento,  creación y goce del mundo. Toda ciudad, dice  Sebastián Salazar Bondy en Lima la horrible  es una utopía: lugar que todavía no existe, lugar que  aún no existe, pero  que  impone  su realización.


La literatura,  que Bloch llama con razón  laboratorio de lo (im) posible, me permite explorar una vez  más  la  única  pregunta que intento  inútilmente  responder durante ya cuatro décadas de estudio: ¿Quién es el otro que negamos en la historia, la memoria y el discurso? ¿Dónde está? ¿Quién lo inventa  como  negatividad? ¿Qué dice su rostro vulnerable?...  Ya lo sé, mi pasión es obsesiva,  María Nieves, vida mía, pero celebro con ello  el  nombre de uno de los premios  que hoy agradezco: Premio “Baldomero Lillo”, en Artes Literarias.   Baldomero Lillo, autor de Sub Terra y Sub Sole, es hermano de Samuel Lillo, autor de  Espejo del pasado  y Canciones de Arauco. La importancia de estos escritores en la historia chilena de las fabulaciones literarias del país que falta es fundamental, especialmente para la Región del Bío-Bío, lugar de origen de ambos (Reeditemos sus obras en un Proyecto Regional  del Bicentenario). Me limito esta vez a mostrar las  bodas realmente  creadoras de las  ciencias y las artes pre-figuradas  en    Espejo del pasado.   El visionario  relato  de   Samuel Lillo es el  siguiente:

¿Cuántas veces, vagando en las (orillas  del Bío-Bío),  he soñado  que ellas  se cambiaban  en recios murallones de graníticos sillares  que encerraban  tus corrientes  en una ancha  y honda ría, que encerraba  tu corriente  en una ancha y honda  ría,  llena de barcos y vapores  que llegan  de todas las regiones de la tierra!  ///// Tus muelles  y tus  malecones  repletos de mercaderías  semejaban  zumbadoras colmenas  de marinos y de obreros; anchas  y frondosas  avenidas  adornadas  de palacios  afluían  a tus márgenes; y tus vegas pantanosas desecadas  y cubiertas de usinas  y de fábricas, erguían  los altos  mástiles  de sus chimeneas  coronadas  de humeantes  gallardetes  que los vientos agitaban ////  Y veía en mi ensueño  que en cada una de tus dos orillas, frente a frente, sobre  un macizo pedestal  de piedra, se alzaba un artístico monumento de bronce y hierro ///  El de la ribera  norte  ostentaba en su base, afirmados en la cruz de sus espadas, a don Pedro  de Valdivia  y don Francisco  de Villagra, fundadores y defensores  de la vieja Concepción, y en la cima la figura del poeta que, en las épicas estrofas de su poema inmortal, cantó el valor de los hispanos  y el patriotismo de los aucas.  //// Y el otro, en la margen  de tu gran puerto, sustentaba las figuras de aquella excelsa trinidad  indiana  que Chile admira y respeta:  Lautaro, el genio militar; Caupolicán, la fuerza y la osadía, y Colocolo, la prudencia y la astucia del espíritu  de una raza (Espejo del pasado, “El Bío-Bío”, Santiago De Chile, Editorial Nascimento, 1947, pp. 69-70).

 Es  posible decir  que Lillo imagina   lo otro que  nunca tendrá   lugar, que su relato es una   forma  de la  “locura metafísica ( “dominio humano” de la  naturaleza),  que la visión de  la metamorfosis  del  Bío-Bío  en “ancha y honda ría,  llena  de  barcos y vapores  que llegan  de todas las regiones  de la tierra”,  es  simplemente delirante, y  que el sueño de inscribir  en la materialidad  misma de la ciudad  la memoria de los  héroes   araucanos y españoles fundantes del  mito del origen de la nación  es  un legado  que es necesario  olvidar.  La  conclusión del relato es  en este  aspecto altamente   sugestiva:  “Este ensueño  que acaricié hace más de medio siglo aún no se ha cumplido materialmente, pero  yo lo llevo  realizado en lo íntimo  de mi corazón, y sé que alienta, como unánime esperanza, en los pechos de los hijos de la  heroica  Concepción”.  La  ciudad utópica  de  Lillo  es un   recuerdo del pasado, pero también un recuerdo  del porvenir.  Memoria  de un delirio, sin duda, pero  el “objetivo  último” del arte, acaso también el de la ciencia,  ¿no es,  precisamente, “poner de manifiesto  en el delirio la creación de una salud,  la  invención  de un pueblo, la exploración de una posibilidad de vida” (Deleuze).  La  ciudad  utópica de  Lillo, regida  por el reconocimiento literal y simbólico  de la humanidad  del otro,  no es una quimera  irrealizable.  Es  lo que  “no tiene lugar”, pero  sólo todavía. Imagen  de lo imposible que espera  con “ardiente (im)paciencia”  las nupcias del arte con la ciencia,  único agenciamiento  capaz  de cerrar, tal vez,  la fisura ostentosa  entre lo real y lo  ideal en nuestro  país.


 Somos, pues,  los herederos  de una herencia  que resiste la  reducción y el olvido del otro  en el análisis, la memoria y la historia.  Samuel  Lillo se  reúne así secretamente con  Ercilla, Pineda y Bascuñán, Baldomero Lillo, Neruda y  Mistral  para recordar(nos) el legado que debe “mantener(se)  con vida”  para  que el porvenir sea posible.  Eso que  transfigura la memoria del pasado en memoria  del  futuro  es lo que  nos dicen los espectros  de   Canto general  de Neruda y  Se ha despertado el ave de mi corazón de Lienlaf:  “No renunciéis  /  al día que os entregan/ los muertos que lucharon”… “Tu espíritu Lautaro / anda  de pie / sobre esta tierra”.  Recordar el legado de los muertos: deber  político, ético y estético a la vez  ahí donde  sólo avanzando hacia atrás  se puede llegar al futuro (Roa Bastos), donde las  huellas  del porvenir  están  en el pasado (Piglia).  La  Araucana de Ercilla,  inventor de Chile, tiene en este aspecto  una importancia fundamental.   Nombra  por primera vez en Chile la herencia que debemos “mantener viva”: “La mucha sangre derramada ha sido / (si mi juicio y parecer no yerra) / la que de todo en todo ha  destruido / el esperado  fruto de esta  tierra” (La Araucana, Canto XXXII, Octava  III). El esperado  fruto de esta tierra.  Espejo del pasado, como  Cautiverio feliz,  Sub Terra,  Canto General y Poema de Chile,   descifran el mayor enigma de la epopeya de la nación  con muertos  sin  sepultura.   El “esperado  fruto de esta tierra”  es la justicia.   Justicia  ahí donde ella  aún no está.  Exigencia  cifrada en la voz estremecida  de  Tegualda,  que es Antífona,  que es   Sola Sierra:  “Ruégote, pues, señor (que) me dejes dar a un muerto  sepultura, / que yace  entre  esta muerta compañía; /  mira  que aquel que niega  lo que es justo, / lo malo  aprueba ya y se hace  injusto / No quieras impedir  obra  tan pía” (Canto XX).  Deber de la ciudad real  sin la cual  nunca habrá  ciudad  ideal.  Luz de luciérnaga del  legado utópico que las artes  y las ciencias,  más  allá de  sus  diferencias,  pero  sobre todo de sus cuentos (“soy objetivo”, “ soy pura”), sueñan en Chile  su donación  recíproca: el descubrimiento más  bello de todos: nadie  puede salvarse  sin los otros (Levitas). El otro - emigrante, mapuche, aymara, alacalufe, negro, loco, niño, judío, palestino, homosexual, pascuense, desahuciado- es el que nos permite  no repetirnos hasta el infinito (Baudrillard).  El otro en tanto  que otro se manifiesta en el “no matarás” inscrito en su rostro” (Levitas).  El otro  es el huésped. No igual en derecho y diferente, sino extranjero, extraneus.  Y debe ser exorcizado en su extrañeza.  Pero a partir del momento  en que es iniciado  según las reglas, su vida  se vuelve más preciosa que la mía.  En este universo simbólico  nada está en posición de  alteridad diferente.  Ni los animales, ni los dioses, ni los muertos son otros. Los absorbe el mismo  ciclo.  TODOS SOMOS  POLVO DE ESTRELLAS.  Fuera de ahí, ni siquiera  existimos” (Baudrillard).


Un  relato de Borges me permite  crear  la ilusión de término  ahí donde  no sé concluir  sin intercesor. Ahí donde  este final es  sólo  el balbuceo menesteroso  de un comienzo:

 “El hilo  que la mano de Ariadna  dejó en la mano  de Teseo (en la otra estaba la espada) para que éste  se ahondara  en el laberinto  y descubriera  el centro, el hombre  con cabeza de  toro, y pudiera, ya ejecutada la proeza, destejer las redes  de piedra y volver a ella, a su amor.
Las cosas  ocurrieron  así.  Teseo  no podía saber  que del otro lado, del laberinto  estaba  el otro laberinto, el del tiempo, y que en algún lugar prefijado estaba Medea.


El hilo se ha perdido; el laberinto  se ha perdido  también.  Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos  azaroso.  Nuestro hermoso  deber es imaginar  que hay un laberinto y un hilo.  Nunca daremos  con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en una cadencia, en el sueño, en un poema, en una fórmula matemática, en las palabras  que se llaman  filosofía o en la mera y sencilla felicidad.

Descubro, por fin, el nombre  de la pasión  que legitima el himeneo de  ELLAS (las artes, las humanidades)  con  ELLOS (las ciencias, la  técnica),  Ese nombre, revelado significativamente por  un poeta  que deviene  físico,  es   “el hermoso deber  de imaginar que hay un laberinto y un hilo”.  El hilo  está perdido, dice  Borges, pero existe. Es el hilo de  la ética: Ariadna, pero no al servicio de la muerte (Teseo), sino de la vida ( Minotauro).   Vida  que “ sólo  allí  donde el otro  puede llegar tiene  ‘por venir’  o un porvenir” (Derrida).


Y colorín colorado, este cuento, por fin, ha terminado.
                                                                                 
Dr.Gilberto  Triviños, Universidad de Concepción

 

B Gilberto Triviños Araneda

 

Director Litterae Internacional

(Concepción, Chile), Director de Litterae Internacional. Doctor en Literatura (EEUU). Premio Municipal de Literatura (1996). Premio "Baldomero Lillo" en Artes Literarias de la Región del Bío Bío, Ministerio de Educación, Chile, 2006. Premio "Mejores Obras Literarias, Mención Ensayo, del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (1995). Director del Magíster en Literaturas Hispánicas y Director del Doctorado en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Concepción. Autor de libros y artículos sobre literatura española, latinoamericana y chilena.

Gran Maestro de CASA LITTERAE.

 

 


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