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T-06

Ce Mendizábal: Carta 7 y Carta 8

   

Carta 7

“Tengo delante mío un pájaro roto. Quiero decir, tengo delante mío un pequeño pájaro de cerámica roto. Es una pieza que no debe llegar a los diez centímetros; su color es una mezcla de guindo con marrón oscuro en la mayor parte del cuerpo, mientras que el pico y la cola son de un rojo púrpura.

Precisamente esta es la parte que está quebrada. Quizá al limpiar la pequeña mesa donde se encontraba, el pájaro cayó al suelo y perdió esta extremidad. Para ocultar el accidente, alguien, tal vez yo mismo, ha devuelto las dos piezas rotas a su lugar intentando que la más pequeña se una de nuevo al cuerpo por una especie de acto de magia. Como esto no ha ocurrido, al día siguiente he contemplado, por primera vez y en toda su extension, el pájaro roto.

No se trata, lo sospechas, de una pérdida penosa, aunque lo grave es que nos mueve a pensar en lo penoso que acecha tras cada pérdida. A pesar de que no he visto una pieza parecida en los sitios de artesanías por los que hemos pasado, no se trata de algo insustituible y ni siquiera tiene un valor afectivo. Pero no sólo me obligo a no tirarlo, sino que más bien lo pongo en el más personal de mis estantes, aquel que está junto a mi escritorio. Desde allí puedo verlo una y otra vez, desde allí puedo contemplar su fractura a cabalidad. Como ves, mis preocupaciones van por otra parte.

Se trata de una cerámica realizada de una sola pieza; de hecho, para hacerla debió bastar una pequeña porción de barro. Luego, fue suficiente moldearla en forma de gota de agua; es decir, con un cuerpo regordeto y redondo para, en el extremo de éste, labrar un poco con algún instrumento la cabeza y el pico. A su vez, en la parte posterior sólo debió necesitarse un pellizco con los dedos para que aparezca una breve cola, sin nada de extraordinario.

Este, el lugar más delgado del pájaro, es el sitio por donde ha sufrido la rotura.

Detengo mi vista allí y veo la sucesión desordenada de puntos por donde se ha dado la separación. ¿Es necesario un golpe o, más bien, qué clase de golpe se necesita para que algo que es una continuidad de sí mismo de pronto quede definitivamente separado? Pregunto porque aunque sé que cualquier pegamento podría, en la errónea teoría, devolver al pájaro a su situación original, en la realidad esto es del todo imposible: siempre quedaría la película del pegamento cubriendo los puntos de rotura y dando lugar, junto a su titánico esfuerzo unidor, a una muralla infranqueable. El pájaro de cerámica ha perdido una vez su continuidad y ésta ya no puede ser restituida.

Alguien me dirá que siempre queda la posibilidad de desmenuzar completamente la estatuilla; molerla hasta hacerla polvo, añadirle agua y proceder con el barro a formarla de nuevo. Por supuesto, me niego de plano a esta posibilidad que, entre todas, me parece la más pueril: incluso si me fuese posible hacerlo, el pájaro sería otro distinto, nunca sería el mismo.

Mientras reflexiono en torno a esto, camino por mi habitación. En un momento, al pasar cerca de mi cama, tropiezo con el borde y se me levanta un dolor violento que viene desde la punta misma del pie. Aquí, en este dolor ciego, tóxico y afilado está la respuesta a mis cavilaciones. Digamos, yo no he visto el pie de la cama; esa punta no existía para mí hasta hace unos pocos segundos. ¿Por qué de pronto, saliendo de la nada, me ha golpeado para causarme este dolor? Ese es el caso horrible: las cosas existen más allá de mis previsiones, de mis pobres, miopes y redundantes previsiones mentales. Con horror verifico que hay todo un universo que me supera abisalmente y que se me hace de tajo incontrolable; que en un instante cualquiera, y lejos de mi participación, una de sus partes anónimas puede experimentar un cambio fatal o perder en forma definitiva su unicidad. Esto es lo que me dice el dolor del pie, y que en este momento no puede ser sentido por nadie ni nada más.

No se trata de decir que me he tapiado en mis solipsismos: ojalá fuese algo tan sencillo. Se trata de ver que hasta hoy he sobrellevado la existencia de ese mundo exterior, a menudo ajeno a mí, pero con el cual siempre he logrado mantener un precario equilibrio. Eso ha sucedido hasta hoy, en que he contemplado el pájaro roto y he podido pensar en lo que supone este suceso misterioso. Si sigue siendo la misma materia, si en cada uno de sus átomos esa pieza cerámica es unívocamente la misma, ¿por qué se ha separado? ¿Por qué permanece desunida, fatalmente distante? Otra vez, ¿qué clase de violencia aterradora puede provocar esta separación, esta horrísona destrucción? Ante ella la muerte misma queda como un suceso disminuido; la muerte, no lo olvides, es la cesación de un ser, mientras que esta ruptura implica una separación de algo que goza ­­­—o sufre— ya de una forma de eternidad y que, por tanto, lo seguirá haciendo más allá de nuestra muerte. La muerte, esa cesación fácil o dura, secante u horrible, no puede compararse de ningún modo a este hecho que tiene tanto de pavor como de extraña belleza.

Esta es la razón, ahora lo sabes, ahora que ya no estás aquí, por la que guardo este pájaro roto en el más próximo de mis estantes: es el único sitio donde puedo contemplar, por lo que me queda de vida, su abolición y su afirmación: dos trozos tan cortados hoy como unidos lo fueron en un lejano, cada vez más distante pasado.

 

Carta 8

“Quiero hablarte de una piedra. Es, desde cierta perspectiva, sólo un trozo de piedra. Para mis fines, no interesa que sea mármol, granito o la más común de las piedras, aunque hay que reconocer que el hecho de ser blanca y fina le transmite un matiz de realce al que no sé oponerme. Como sea, sigue siendo una piedra.

Si se me planteara un recorrido veloz, aunque detallado, de todos los museos, salas de exposición, colecciones privadas, de todas las ruinas y las galerías de arte del planeta, con seguridad sé que no voy a hallar una pieza como la que voy a mencionarte. No sé por qué el museo más afamado de la ciudad más afamada la tenga en el mejor de sus vértices, el que une a las que deben ser sus dos alas principales, pero que de cualquier modo es eso: un vértice, un pasillo. Voy a pasar por alto también estos detalles.

La pieza, con sus más de 2.200 años, representa a una mujer; una mujer vestida a la usanza griega de la época, es decir, con una túnica de aspecto mojado que le cubre el cuerpo hasta los pies, mientras que de los brazos desnudos poco podemos saber porque han sido quebrados. De la espalda le brotan un par de alas que mantienen su sesgo pletórico, a pesar de que también lucen roturas. Otro golpe ha dado cuenta de la totalidad de la cabeza, dejándonos, por extraño que te parezca, no con el sabor acre de la decapitación, sino con el del misterio.

El nombre de la pieza —La victoria de Samotracia— alude a una celebración por un hecho bélico en la antigua Grecia. Para mis objetivos, esto es tan irrelevante como si se tratase o no de mármol, porque lo que aquí convoca no es la textura de la piedra o el acontecimiento que celebra. Lo que convoca son la cabeza y los brazos que han desaparecido, que han sido molidos por las centurias y son ahora parte del viento, de la arena que va de un lado a otro a lo largo y ancho de la Tierra.

¿Cuál sería la posición exacta de los brazos? ¿Estarían levantados en actitud jubilosa o, más bien, acompañarían el movimiento general del cuerpo, a los lados de éste? ¿Alguna de las manos indicaría un punto con el ademán de quien hiciese un llamado, una señal? Ya no tenemos modo de saberlo: lo que queda a la altura de los hombros no nos da la información suficiente. Es así cómo no es posible conocer su forma exacta: la belleza, la serenidad fría, el alborozo o la aspereza de la totalidad perdida.

Ningún detalle lleva a pensar que el escultor hubiese dotado a esta imagen femenina de la cabeza de un monstruo, de una Gorgona o alguna otra criatura terrible, y más bien todas las posibilidades —por lo que se ve de otras piezas de la época— hablan de una mujer hermosa. Contra eso, contra todas las probabilidades de unos rasgos equilibrados, yo voy a afirmar al monstruo. Pero no a uno de rasgos abyectos, sino a otro que carece de rostro por la sencilla razón de que no puede tenerlo, aunque en su presencia no se puede dejar de pensar en él y, por lo tanto, no se puede dejar de verlo.

Quizá, más que un defecto mismo, de lo que hablo es de una cierta cualidad de lo invisible, de lo inabordable: lo que no está pero está ahí. Eso querría decir que la piedra está viva, y no simplemente a la manera rasa y adusta de los símbolos o los gestos: digamos, su pierna derecha tiene la actitud de avanzar al frente, mientras la izquierda aguarda su turno levemente inclinada para seguirla de inmediato. Esa movilidad de las dos piernas es transmitida a todo el cuerpo que de pronto está lanzado, de golpe está listo para servirse también de sus dos alas desplegadas para volar. No sé decir en qué momento de esta realidad o irrealidad febriles está volando ya o preparándose para hacerlo. No conozco la densidad del material con la que está hecho pero, de súbito, en un tris de dedos todo es movimiento.

Este precioso movimiento, sin embargo, no constituye el meollo de la belleza a que refiero, aunque es obvio que contribuye a ella de manera inagotable. El rostro, la cabeza que no conocemos y que vemos sin ver, está más próximo a la naturaleza de la que te hablo. Su ilusión, su posibilidad infinita, permanece intocable, y yo no te puedo decir más de ella.

En su totalidad, el monstruo o la entidad que hasta aquí percibo es la Esperanza. Quieta, en realidad; dolorosa e inobjetablemente quieta, y al mismo tiempo llena de toda la fuerza y la añoranza y la austeridad y la ambición y la derrota de cada deseo, y que por ello mismo constituyen todo su logro. No sé cuál sea la constitución de esta pieza de árida y tensa materia pero sé algo de su inverosímil lealtad, de la potencia de su arrebato contra la quietud que le ha sido impuesta sin remedio, de su victoria imposible y por lo tanto palpable, visible en esos pies que van adelante, en esas majestuosas alas abiertas… ¿A dónde va la Esperanza, me dirás, a dónde con su instinto primigenio, ciego y extraviado? Eso es lo que ya no nos puede decir la cabeza invisible o los brazos, pero eso mismo, toda esta feliz debacle fijada en la esquina más visible del museo más grande de la Tierra, es lo que da la talla de la Esperanza. Nada más.

F  Ce Mendizábal

 

Nació en Oruro, en 1956, es egresado de la Carrera de Literatura de la UMSA. Es autor de los poemarios Regreso del agua(1994), Inmersión de las ciudades (1998), En el cóncavo privilegio dela desmemoria (2004), Negro hilar (2008), así como de los libros de cuentos Con ojos de basilisco (2004) y Los sábados son demasiado
largos (2008).  Su novela Alguien más a cargo ganó el Premio Nacional
de Novela Alfaguara-Bolivia en 1999. Ese mismo año recibió la Primera
Medalla de Oro a la Creación Cultural Franz Tamayo. Textos y poemas
suyos han aparecido en antologías, y en diversas revistas y
publicaciones de México, Colombia, Chile, Centro América, España e
Italia. En este último país se ha traducido En el cóncavo privilegio
de la desmemoria, y se anuncia la traducción de su libro de cuentos
Con ojos de basilisco. 

Divide sus actividades creativas con la labor de editor de opinion del matutino La Prensa de La Paz, donde ademas colabora con el suplemento literario Fondo Negro

 


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