El Albatros tiene la apariencia y el olor y hasta el aura de los mataderos. Pero este bar del puerto no es un mal sitio. Aunque sabía de su existencia lo descubrí dos meses después de que uno de los Hércules C-130 del Ejército me trajera de regreso a mi apartamento a mediados de 2007. Estaba de vuelta en mi barrio con un ojo de menos y un bello plan: hacerme de un plan. Cómo olvidarlo.
Bastaría cualquier pretexto para cruzar el umbral de la entrada de El Albatros. Aquella vez me hice de uno bastante bueno: comprarme ocho cervezas para celebrar mi cumpleaños. 40 abriles en mi lomo. Decidí tomarme dos Beck´s por cada década —no hay mejor compañía que las cervezas claras, porque son como las vírgenes: no tienen pasado, tampoco resabios, toda la diversión en buena medida depende de ti.
No es un mal sitio este bar del puerto, digamos que tiene una fauna endémica. Putas tristes, cansadas, con el rimel corrido o moretones en la piel. Chulos como buitres mojados. Estibadores, choferes, electricistas, los operarios de las grúas, remolcadores y montacargas. Pescadores, carteristas y rateros de poca monta. Algunos músicos y pintores, incluso a nuestro grupo se unió un profesor de literatura venido a menos —El Albatros también le da cobija a cierto tipo de bohemia, ni mejor ni peor—. Son un verdadero gremio de búfalos que rumia entre volutas de tabaco negro, rubio, bajo el vaho en el que se mezclan el olor del semen seco, la halitosis, el aroma de los chicles de canela o menta y el de los falsos perfumes caros. Búfalos que en la madrugada respiran el hedor del carburante derramado en la bahía mientras rumian cuanto han vivido desde el café del desayuno. Como fantasmas, estos efluvios entran y cruzan el salón. Una manada de búfalos grises, con números marcados en el lomo, atraviesa el portón de El Albatros. Búfalos que avanzan con paso lento camino al matadero, ojazos que han visto el tolerable color de la derrota. Atraviesan el portón, algunos tararean el estribillo que desgrana una jazz band en la jukebox.
He cruzado el umbral de El Albatros dos o tres veces por semana desde que salí de la barriga del Hércules. Este bar del puerto no es un mal sitio. Sé de esos búfalos, de su mansa mirada, de los números marcados en el pellejo con acero al rojo vivo. Sé de esos búfalos. Varias rondas después, ese momento en que el párpado y la lengua pesan como piedras por tanto alcohol en las venas, nos sorprenderá una fuerte descarga eléctrica. Es una aséptica y expedita forma de envejecer. En ocasiones la descarga no es rotunda. A casi todos nos irán desollando —despacio, vivos—. Como en un matadero.
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Ahmel Echevarría Peré |
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Narrador, Ingeniero Mecánico. Entre otros premios obtuvo el Premio David 2004 en el género cuento con el libro Inventario (Editorial UNION, 2007), el Premio Pinos Nuevos 2005 con la noveleta Esquirlas (Editorial Letras Cubanas, 2006), Beca Fronesis de creación novelística 2007, mención en el Premio UNEAC de novela Cirilo Villaverde 2008 por la obra Días de entrenamiento y Beca de creación Razón de ser 2008 por el libro de cuentos Las espirales del tiempo. Sus cuentos aparecen publicados también en las antologías Historia soñadas y otros minicuentos (Ediciones Luminaria, Sancti Spíritus, 2003), Los que cuentan —Una antología— (Editorial Cajachina, 2007), La ínsula fabulante —El cuento cubano en la Revolución— (1959-2008) (Editorial Letras Cubanas, 2008) y La fiamma in bocca —Giovanni narratori cubani— (Editorial Voland, 2009). Miembro del staff del e-zine de escritura irregular The Revolution Evening Post y del proyecto Rizoma(s). Actualmente trabaja como editor del sitio web Centro Onelio.
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